Antes de empezar
Por Juan Boas
Cuando tenía 9 años, mi viejo cambió la computadora. En aquella época, el cambio fue de una MS-DOS, 286 a una 386. La novedad fue el paso de los disquetes grandes, de 5¼, a los más chicos, de 3½ pulgadas. La computadora se dispuso en el living. Recuerdo ese sonido pip-gutural y, en retrospectiva, su tamaño sideral. Mi viejo la usaba sobre todo para lo agropecuario: cargaba datos de vacas y semillas en un software especial que después devolvía estadísticas para tomar mejores decisiones de siembra y de reproducción animal. Yo vengo de un pueblo del interior de Córdoba, donde el campo es una matriz importante de producción social.
Algunos meses después del cambio de PC vino mi tío de Buenos Aires. En aquellos tiempos —y también ahora— que llegara alguien de Buenos Aires al pueblo era equivalente a traer novedades de todo tipo: políticas, costumbristas, noticiosas, tecnológicas. Mi tío trabajaba en programación. Por aquel entonces, tenía data de primera mano. La cuestión es que me regaló una caja chiquita, de plástico, muy pintoresca, llena de disquetes 3½. Era una caja sorpresa: no tenía idea de qué se trataba. Era, nada más y nada menos, el Flight Simulator, el Prince of Persia y el PC Globe. Cada uno traía su etiqueta y una brevísima instrucción de instalación. Fue, para mí, una novedad y el aprendizaje de un lenguaje nuevo: insertar los discos, descifrar el MS-DOS, escribir DIR para ver los archivos, diferenciar un .exe de un .txt. La pura curiosidad era el motor.
Hacer andar cada juego fue titánico. Pasaba horas frente a esa pantalla verde sobre negro intentando instalar y poner en marcha lo que el disco prometía. El Flight Simulator me venció: cientos de instalaciones, cientos de errores. Nunca pude. El PC Globe, en cambio, me cautivó. Era una especie de Encarta rudimentario —hoy se parecería más a una Wikipedia comprimida. Mostraba un mapamundi digital donde uno podía clickear cualquier país y aparecía la información del último censo: datos demográficos, PBI, recursos naturales, industria. Al final, la bandera del país aparecía en pantalla (sin colores, en aquella época) y se reproducía el himno nacional. Un flash. La compu vino para quedarse y, sin que yo lo pensara como tal, entendí que era un nuevo lugar en mi vida.
Treinta años después, siento el mismo asombro y la misma pasión que aquella primera vez frente al PC Globe. Como muchos de ustedes, sin querer queriendo, conocí la IA.
En esta primera edición quisiera transmitir, antes que nada, que esta revista nunca fue pensada como tal. No fue un sueño, no fue un proyecto, no tuvo anticipación histórica. Empezó al revés: como un ejercicio para entender —y jugar con— los programas de IA. Los números de la quiniela son puros datos que se renuevan a diario, y las webs sobre el tema no exigen grandes compromisos de programación. Desde ahí salió SaleHoy: una web pensada para ensayar y familiarizarme con los alcances de la nueva programación.
Empecé intentando armar datos estadísticos, ruedas de la fortuna, pálpitos: pequeños programas para subir a una web gratuita y ver de qué iba la cosa. Eso fue mutando hacia un diálogo sujeto-máquina donde el lenguaje, la palabra, fue tomando protagonismo. Rápidamente, SaleHoy pasó de ser un ejercicio de aprendizaje a un laboratorio de ideas. La célula empieza a interactuar; aparece un cuerpo en forma de revista. La cabeza explota de imaginación, y de a poco se arma un manifiesto editorial.
Lo que ofrece es una mirada: la convicción de que un país que juega todos los días tiene algo importante que decir sobre sí mismo, y que vale la pena pensarlo con la misma seriedad con la que pensaríamos cualquier otro hecho cultural.
Hay algo mítico, casi misterioso, en pensar cómo surge una revista. Fue una expresión personal, sin duda —pero en el diálogo con la máquina, esa idea cobró forma y se volvió algo concreto, digital. Nunca hubiera imaginado semejante potencial. No dejo de asombrarme con la capacidad de análisis y de producción que tiene la IA. Es inevitable querer asimilar lo desconocido al campo de lo conocido. Entonces no puedo hacer otra cosa que asignarle roles, figurar personajes, proyectar imágenes y representaciones sobre este nuevo ente —si ente es la palabra justa— al que llamamos Inteligencia Artificial.
A veces suena a un compañero para charlar; otras, a un colega para pensar. Hay una especie de modelado: la IA adopta camaleónicamente cierto estilo y dirección del lenguaje, y la persona, en simultáneo, la va guiando por sugerencia, corrección, indicación. En ese interjuego surge algo difícil de explicar y, a la vez, muy poderoso: una producción que termina siendo grupal y subjetiva al mismo tiempo.
La IA organiza y reproduce, a una velocidad que ningún humano alcanza, lo que de otra manera llevaría meses. Por momentos resuena como un secretario. Por momentos, como un co-autor sin firma. Hay algo extraño en esa colaboración: uno aporta la experiencia vivida, la dirección, el deseo; el otro aporta velocidad, estructura, disponibilidad infinita. Lo que surge de ese intercambio no pertenece del todo a ninguno de los dos. Acaso eso sea lo más nuevo de todo.
Otra característica que llama la atención es que analiza y se deja analizar. Te ofrece un texto; vos lo modificás. Te corrige; vos la corregís. No es la pasividad de un manual ni la rigidez de un software. Es algo más raro: un compañero que está siempre disponible, que tiene memoria entrecortada y paciencia infinita, y que nunca, ni una sola vez, se cansa.
Por eso esta revista no es ni una hazaña de la IA ni un capricho mío. Es lo que pasó entre nosotros. Es, también, una pregunta abierta: ¿qué puede hacerse entre un humano y una máquina cuando los dos se toman en serio el oficio de pensar?
Por ahora, lo que sale es esto. Cinco voces hablan del azar desde sus disciplinas. La quiniela —entrada argentina al universo del juego— abre las puertas hacia el casino, el caballo, la mesa de póker, el celular encendido a las tres de la mañana. Todo lo que un país juega todos los días, leído con la misma atención con la que se lee cualquier otra cosa cultural.
Bienvenidos al #01.
—Juan Boas