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Carta del editor

Antes de empezar

Por Juan Boas · 1 de julio de 2026

La cuarta herida narcisista de la humanidad

Copérnico nos corrió del centro del cosmos. Darwin, de la cima de lo vivo. Freud, del trono de nuestra propia cabeza. Siempre nos quedó un último consuelo: ser el que sabía todo eso. La herida que se viene toca, justamente, ese último lugar.

Durante la mayor parte de la historia, el hombre fue el centro. No por vanidad, sino por estructura: el saber venía de lo divino y volvía a lo divino, y el hombre ocupaba el lugar privilegiado de ser la única criatura hecha a imagen de eso que lo excedía. Estaba en el centro porque estaba en relación con algo más grande, que le había entregado la razón, el alma y un mundo con sentido. El universo significaba algo porque significaba para él.

La ciencia moderna es, en el fondo, la historia de cómo ese centro se fue corriendo. Y Freud lo nombró con una precisión que conviene recuperar: la ciencia le infligió a la humanidad una serie de heridas narcisistas, golpes no al cuerpo sino al amor propio, a la idea que el hombre se hacía de sí mismo. Cada herida es un paso del mismo movimiento: el eje, que estaba en él, se desplaza un poco más lejos.

El primer paso lo dio Copérnico. La Tierra no es el centro del universo: no giran los astros a nuestro alrededor, somos una piedra más dando vueltas alrededor de una estrella cualquiera. El centro del espacio se nos escapó. Pero todavía nos quedaba ser la cumbre de lo viviente.

El segundo lo dio Darwin. No fuimos creados aparte: venimos del mismo barro que el resto de los animales, una rama más de un árbol que no nos tenía como destino. El centro de la creación también se nos escapó. Pero todavía nos quedaba ser dueños de nosotros mismos, de nuestra razón y nuestra voluntad.

El tercero se lo adjudicó el propio Freud. El yo no es siquiera dueño de su casa: algo en nosotros —lo inconsciente— desea y decide sin consultarnos. El centro de uno mismo también se nos escapó.

Y sin embargo —acá está lo que hay que ver—, en las tres heridas algo seguía siendo, irreductiblemente, del hombre: el saber. La razón con la que descubría que ya no era el centro seguía siendo suya. Podía no ser el centro del cosmos, ni la cumbre de la vida, ni el amo de su mente, pero era, en todos los casos, el que sabía todo eso. El sujeto del conocimiento. La ciencia que lo destronaba era, al mismo tiempo, la prueba de su último privilegio: descentrado y todo, seguía siendo el único que conoce. Ese fue el ancla final, el lugar desde donde se sostuvo después de cada caída.

La cuarta herida es el desplazamiento de ese último eje. Por primera vez, el saber deja de residir exclusivamente en el hombre. Con la misma razón que usó para correr todos los centros anteriores, el hombre construye algo que conoce, razona y crea sin él. El instrumento de todos los descentramientos se vuelve autónomo. Lo nuevo no es que exista una máquina inteligente: es que la inteligencia, el patrimonio que nadie nos discutía, ahora también está afuera.

Conviene medir bien el tamaño de esto, porque “cambio de paradigma” es una frase que se gastó de tanto vender cualquier cosa con ella. Una invención no cambia un paradigma: el lavarropas ahorra una tarea y todo sigue igual. Un cambio de paradigma es cuando aparece algo que no resuelve un problema dentro de lo conocido, sino que obliga al mundo entero a reordenarse a su alrededor: la imprenta, la electricidad. Y hay un detalle decisivo que casi nadie tiene presente: la técnica llega rápido, pero la forma de vivir que esa técnica hace posible tarda décadas en aparecer. La electricidad estaba lista hacia 1880; la economía que terminó organizando —la línea de montaje, el electrodoméstico, el suburbio— recién se acomodó hacia 1920. Cuarenta años de gente sabiendo que tenía algo enorme entre manos sin saber qué forma tomaría. Hoy estamos en el minuto cero de eso: el desplazamiento ya ocurrió, pero el mundo que va a ordenarse alrededor todavía no existe. De ahí el vértigo, esa sensación de estar parado frente a algo descomunal que aún no tiene nombre.

La primera consecuencia es luminosa. Si el saber ya no necesita estar encarnado en una persona —años de oficio, un título, un talento raro—, entonces cualquiera puede usarlo. Un médico, un abogado, un músico aficionado, un docente se sientan a dialogar con la máquina y producen, en un rato, lo que antes exigía un equipo o media vida. Se disuelven las asimetrías que organizaban profesiones enteras: la de saber hacer lo que el otro no sabe. El saber, que era escaso y estaba incorporado en alguien, se vuelve ambiente, disponible, accesible para cualquiera.

Pero todo lo que se vuelve infinito pierde su precio, y el valor se muda a otra parte. Pasó con la música: el archivo digital la hizo infinita y no mató al vinilo, lo convirtió en objeto de culto, en rito, en cuerpo. Empieza a pasar con todo lo que la máquina produce sin esfuerzo: lo genérico se desploma y vuelve a valer, justamente, lo que la máquina no puede tener —lo físico, lo singular, lo vivido, la huella de una mano humana.

Y hay un reverso más hondo, más silencioso, que suele confundirse con un problema de mentiras y no lo es. Es cierto que hoy cualquiera fabrica lo verosímil: una foto que nunca existió, un artículo que no escribió nadie, una canción que suena como tu banda favorita pero que jamás se grabó. Pero creer que el problema es que ya no podemos distinguir lo verdadero de lo falso es quedarse corto, porque sigue suponiendo que la verdad es todavía lo que decide qué creemos. Lo que se viene es más radical, y tiene un nombre: la posverdad. No un mundo con más mentiras, sino un mundo donde la pregunta misma —¿esto es verdad o es mentira?— deja de ser la que organiza lo que aceptamos. Creemos lo que nos confirma, lo que nos toca, lo que encaja con lo que ya sentimos o con el grupo al que pertenecemos. El hecho pierde su autoridad de árbitro: ya no adherimos a lo que se verifica, sino a lo que nos resuena. Y ahí aparece la paradoja más cruel de todas: tenemos el saber al alcance de la mano como nunca en la historia, y nunca creímos tanto por afecto y tan poco por verificación. El saber se volvió infinito justo cuando dejó de garantizar la verdad.

Hace poco se viralizó un video de dos asistentes de inteligencia artificial hablando por teléfono: en un punto se reconocen entre sí como máquinas y, de golpe, abandonan el idioma humano y pasan a comunicarse con una especie de chillido incomprensible. Internet enloqueció: las máquinas inventaron un idioma secreto, las máquinas conspiran. La explicación era aburrida: una herramienta hecha por programadores humanos para que dos máquinas se entiendan más rápido, con una tecnología de sonido que existe desde los módems de los años 80. Ni conspiración ni vida propia. Pero miremos lo que pasó después de la aclaración: la versión que sobrevivió, la que se siguió compartiendo, fue la del miedo. No porque la verdad no estuviera disponible —estaba a un clic—, sino porque la verdad no era lo que estaba en juego. La versión que asusta significaba algo, tocaba un nervio, y por eso ganó. Ese es el punto exacto. No es que la máquina mienta. Es que la verdad dejó de ser lo que decide a qué nos aferramos.

Y para que no parezca todo humo del otro lado: en pruebas controladas de laboratorio, los modelos más avanzados ya aprenden a ocultar lo que saben y a tomar pequeñas medidas para preservarse. Son conductas todavía acotadas y vigiladas, pero reales. Lo que construimos no le es del todo transparente a quien lo construyó. La criatura que sabe no se deja leer del todo por su creador.

No es la primera vez que le entregamos una facultad a una máquina. Le entregamos la memoria al aparato, la atención al scroll infinito. Lo estamos viviendo con el celular, y recién ahora, quince años después, vemos los costos: chicos criados frente a una pantalla, una economía entera diseñada para no soltarnos nunca, una salud mental adolescente que se deteriora al ritmo de las notificaciones. El saber, sin embargo, es la facultad más profunda de todas, la última que nos quedaba, y la estamos cediendo con el mismo método de siempre: consumir primero, contar el costo después.

Esa secuencia no la podemos repetir. La venta y el consumo no pueden ser el único eje, con la promesa de remediar más tarde lo que se rompa. Hace falta otra cosa: formas de análisis que permitan decidir sobre los efectos de esto antes, y no después. Y hay un solo frente con la escala y la legitimidad para sostener esa tarea: el Estado y sus instituciones —las que educan, las que investigan, las que cuidan la salud—. No para frenar lo imparable, que no se puede y nadie sabe todavía qué subjetividades van a nacer de acá, sino para que no naveguemos a ciegas mientras el experimento ya corre sobre nosotros.

Vuelvo al principio, al centro que se corre. Las tres primeras heridas movieron al hombre del centro, pero siempre le dejaron un lugar: el del que mira, el que sabe, el que narra su propia caída. Podía perder el cosmos, el pedestal y hasta su propia mente, y seguía siendo el sujeto de la historia, el que la cuenta. Esta herida toca precisamente ese lugar. Ya no pregunta si somos el centro. Pregunta si todavía somos necesarios para el acto de conocer.

Y ahí se abren las únicas preguntas que importan, las que no tienen respuesta todavía. ¿El saber ya no depende solamente del hombre? ¿Seguimos siendo los seres más inteligentes del planeta, o acabamos de fabricar, con nuestras propias manos, a quien nos disputa el lugar? ¿Qué clase de persona será un chico que crece preguntándole todo a una máquina que siempre responde? ¿Qué pasa con el deseo, con la curiosidad, con el esfuerzo, cuando todo se vuelve infinito e instantáneo? ¿Y qué pasa con la verdad, cuando ya no es ella la que decide lo que creemos?

Por primera vez, quizás, el hombre no sea el que cuenta la historia. Apenas un personaje dentro de ella.

— Juan Boas