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Número #01 · cultura · El Cronista

La Babilonia de la esquina

Sobre "La lotería en Babilonia", de Jorge Luis Borges. Revista Sur, enero de 1941.


La Babilonia de la esquina

En enero de 1941, Jorge Luis Borges publica en la revista Sur un cuento de pocas páginas que titula “La lotería en Babilonia”. Trabaja, hace ya cuatro años, como Auxiliar Primero en la Biblioteca Municipal Miguel Cané, en Boedo, donde quince empleados hacen el trabajo de dos y donde lo llaman “Borges Acevedo” para no confundirlo con otro empleado del mismo apellido. Cataloga libros a un ritmo deliberadamente lento. Lee a Kafka, lo traduce. Europa está en guerra. Argentina es neutral. Buenos Aires juega clandestinamente a la quiniela en agencias trucadas por levantadores que anotan en cuadernos. Borges no juega. Pero escribe.

El cuento es así. En una ciudad imaginaria llamada Babilonia existe una lotería. Al principio repartía premios en plata. Después sumó castigos: el ganador podía perder. Después se hizo obligatoria y gratuita: todos jugaban quisieran o no. Después la Compañía que la administraba empezó a decidir más cosas. A quién le tocaba un puesto público, a quién la cárcel, qué hombre moría joven, qué libro se publicaba. Al final del cuento, la Compañía decide todo. Y, al mismo tiempo, es probable que la Compañía no exista. Las últimas líneas dejan flotar varias hipótesis: que la Compañía es eterna; que nunca existió; que solo opera en lo minúsculo; que llegará una noche final en la que el último dios la aniquile.

Ricardo Piglia llamó a este cuento “el más político de los textos de Borges”. Y Borges, sin contradecirlo, escribió en el prólogo del libro que la pieza “no está libre por completo de simbolismos”. En 1941, esos simbolismos no necesitaban explicación. La Compañía era el Estado totalitario que decide vidas sin que nadie sepa quién decide. Era Stalin, era Hitler, era cualquier sistema cuya bolillera no se ve. Pero el cuento, a la vez, es teología negativa: la Compañía es Dios, un Dios silencioso y probable, indistinguible del azar. Borges escribió, sin escribirlo, todas las teologías y todas las teogonías posibles en una sola hipótesis fría.

Lo más inteligente del cuento es su forma. Borges no lo cuenta de manera lineal: lo arma como un mosaico de hipótesis encadenadas, como si la propia Compañía le hubiera ordenado al narrador desordenar la historia. La forma es el sentido. Quien lee Babilonia lee un texto que es, él mismo, una pequeña Babilonia: incompleto, fragmentario, sin centro identificable.

Pasaron ochenta y cuatro años. La Compañía mudó de cara —ya no es el Estado totalitario; son los algoritmos, los mercados, los casinos online, los sistemas de scoring que deciden si te dan un crédito— pero su silencio es el mismo. Y Babilonia, además, vive en lugares concretos: cada viernes, en una esquina cualquiera de Buenos Aires, de Córdoba, de Tucumán, alguien anota un número, lo entrega, recibe un ticket, espera. La Compañía no existe. Pero algo decide.

Lo único que el cuento no resuelve es lo más importante. Si nuestra vida ya está siendo sorteada en alguna parte, ¿somos todavía responsables de jugarla? Borges no contesta. La pregunta nos la deja a nosotros.

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