Saltar al contenido principal
← El Trío
El Trío · Película

Casino

Martin Scorsese · 1995

Por Paulo Castillo · 1 de julio de 2026

Casino

Arranca con un hombre que sube a un auto, gira la llave y vuela por el aire. Mientras el cuerpo de Sam “Ace” Rothstein flota en cámara lenta sobre un infierno de llamas y neón —los títulos son de Saul y Elaine Bass, los mismos de Hitchcock—, suena la Pasión según San Mateo de Bach. Un mafioso de saco rosa cayendo al infierno con música sacra: en esa sola apertura está toda la película.

Lo curioso es que en 1995 casi nadie la quiso. La crítica la recibió con frialdad: demasiado parecida a Goodfellas —otra vez De Niro, otra vez Pesci, otra vez un libro de Nicholas Pileggi—, demasiado larga, demasiado consciente de su propio virtuosismo. Treinta años después está pasando algo que en el cine ocurre poco: la crítica está volviendo sobre sus pasos. Con el aniversario, varios de los que la habían despachado en su momento admitieron públicamente que se habían equivocado, que la habían mirado con los anteojos de Goodfellas puestos y que, sin esa comparación encima, Casino proyecta su propio hechizo. Es cierto: donde Goodfellas era una fiesta, Casino es la resaca. Menos adrenalina, más sistema. La secuencia donde Ace explica cómo funciona el casino —la cámara metiéndose en la sala de conteo, siguiendo la plata desde la mesa hasta la valija— es menos un momento de cine que una clase magistral sobre una maquinaria.

Y en el medio, Sharon Stone. Su Ginger McKenna es probablemente la mejor actuación en todo el cine de Scorsese que no pertenece a un hombre: una buscavidas brillante a la que la película le tiene, a la vez, cero piedad y toda la compasión del mundo. Hay que verla treinta años después para notar que la historia de la película es también la historia de un matrimonio pudriéndose en cámara. Eso no envejeció nada.