Hay lugares que el cine no puede dejar de filmar, y el casino es uno de los primeros de la lista. Tiene todo lo que una cámara quiere: luz que rebota en el cromo, caras que mienten, manos que tiemblan, y sobre todo un reloj invisible que aprieta. Porque en el casino la vida se da vuelta en un corte —el de la baraja, el de la ruleta que para—, y eso, un destino que cambia en dos segundos, es la materia misma del cine. No es casualidad que haya tantas películas de casino. Es casi el lugar natural del relato.
El cine construyó dos casinos, opuestos, y los dos son mentira hermosa.
El primero es el casino-fantasía: el palacio que se puede vencer. Es el de Ocean’s Eleven, donde un grupo de tipos con encanto le vacía la caja fuerte a Las Vegas y se va silbando. Es el de Rain Man, con el hermano que cuenta cartas en el blackjack, o el de 21, los pibes del MIT que le ganan a la banca con la cabeza. Es el sueño de que hay una grieta, un truco, una manera. El espectador sale del cine convencido de que, con suficiente astucia, la casa cae. El cine vende esa ilusión porque es deliciosa.
Y en el centro de ese brillo está Bond. James Bond nace, literalmente, en una mesa de casino: la primera novela de Ian Fleming, de 1953, lo sienta a jugar —al bacará en el libro, al póker en la película de 2006— contra un villano, y ahí se define quién es. El esmóquin, la ficha alta, la mirada fría: el casino como escenario donde un hombre se vuelve leyenda. Para Bond la mesa nunca es por plata. Es un duelo. El que pestañea, pierde.
El segundo casino que filmó el cine es el verdadero, y lo filmó Scorsese. En Casino, las arañas y el terciopelo son apenas la tapa. Debajo está la trastienda: el ojo en el cielo que vigila cada mesa, los contadores que nunca duermen, los matones que cobran en el sótano lo que se pierde arriba. Scorsese muestra lo que las películas de robo esconden: que el casino es una máquina, y la máquina está hecha para una sola cosa. No hay grieta. El brillo es el anzuelo; la trastienda es el negocio. Su protagonista lo sabe mejor que nadie y aun así lo pierde todo, porque adentro de la máquina nadie está a salvo, ni el que la maneja.
Acá tuvimos lo nuestro, y bueno. Fabián Bielinsky, el de Nueve Reinas, dejó antes de morir una película rara y perfecta, El aura, donde Ricardo Darín hace de un taxidermista tímido que fantasea con el robo perfecto y termina, casi sin querer, metido en el asalto a un casino del sur. No hay glamour de Las Vegas: hay ruta, bosque, un casino de provincia, y un tipo que cree que el plan impecable existe. Bielinsky filmó el casino criollo sin postal y sin chamuyo: un lugar donde el que se cree el más vivo descubre, tarde, que el azar no era parte de su plan.
Al final, el cine sabe del casino algo que el jugador prefiere no saber: que es un lugar fotogénico justamente porque es peligroso. La cámara ama la mesa porque ahí, en un corte de cartas, alguien se salva o se hunde. Pero pasada la función, cuando se prenden las luces, queda lo que Scorsese filmó en la trastienda. El brillo es para la pantalla. El negocio es de la casa.