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Número #02 · cultura · El Cronista

La cancha interna

Egipto 2, Argentina 0, y un penal errado por Messi. Lo que pasó después esa tarde en Atlanta tiene nombre en la teoría que un psiquiatra argentino escribió sobre el fútbol medio siglo antes.


La cancha interna

Enrique Pichon-Rivière murió en 1977, diez años antes de que naciera Messi. Nunca lo vio jugar. Psiquiatra y psicoanalista, criado en el Chaco y en Goya entre el francés de sus padres y el guaraní de sus vecinos, fue el fundador de la psicología social argentina y el hombre que sacó el diván a la calle: en vez de esperar al paciente en el consultorio, se puso a pensar lo que la gente hace junta —el grupo, el club, el hincha, el ídolo—. Y qué mejor objeto social de estudio, en este país, que el fútbol. En una vieja entrevista sobre el tema dejó una distinción que conviene explicar bien, porque es la que ordena todo lo demás.

Para Pichon-Rivière, una cosa es la táctica y otra la estrategia. La táctica es lo que se ve: la posición de cada jugador, la misión que tiene que cumplir en la cancha, el dibujo en la pizarra. La estrategia es lo que no se ve: el trabajo previo por el cual un jugador internaliza los roles de sus compañeros y de sus rivales, hasta poder anticipar lo que cada uno va a hacer antes de que lo haga. A ese terreno invisible lo llamó la cancha interna. Ahí, decía, empieza a jugarse el partido — antes de que el árbitro pite, antes de pisar el pasto de verdad.

Tomó la idea de George Mead, uno de los fundadores de la psicología social, y el concepto que tomó de él fue el otro generalizado: la suma de todos los personajes de la acción —no solo los compañeros, también los rivales— que cada jugador lleva adentro, formando un esquema que le sirve de referencia para decidir en fracciones de segundo. Un jugador con buen manejo de pelota y esa cancha interna bien construida, decía Pichon-Rivière, “adquiere una eficacia difícil de calcular”.

Pero también advertía sobre lo contrario. Decía que un plantel puede tener, entre sus jugadores, algunos con lo que llamaba anomalías psíquicas: por un lado los que reaccionan con agresividad, buscando la pelea como salida; por otro, los que se vuelven indecisos, depresivos, que cada vez que el equipo pierde se cargan con la culpa, convencidos de que la responsabilidad fue suya. Si el resto del grupo empieza a asumir demasiado ese rol depresivo, decía, todo el equipo se contagia y empieza a jugar en conflicto. La única salida, en ese caso, es revisar el interjuego de roles del grupo en relación con la tarea. Volver a armar la cancha interna, colectivamente.

El martes a la tarde, en Atlanta, ese escenario estuvo servido como pocas veces. Egipto golpeó temprano: a los 14 minutos, Yasser Ibrahim le ganó el salto a Lisandro Martínez y conectó de cabeza un centro de Marwan Attia. Enseguida llegó la chance de la igualdad: una falta sobre Nicolás Tagliafico, penal, y Messi frente al arquero Mostafa Shobeir. Shobeir se lanzó a su izquierda y lo atajó. Conviene detenerse en lo que ese momento cargaba, porque no era un penal errado: era el segundo que Messi fallaba en este mismo Mundial —ya había malogrado uno contra Austria en la fase de grupos— y el cuarto de su historia en Copas del Mundo, más que ningún otro jugador en cien años de mundiales. El máximo goleador de la historia del torneo es, a la vez, el hombre que más veces falló desde los doce pasos. Los dos récords viven en el mismo cuerpo.

Lo que siguió fue casi una demostración de laboratorio de lo que Pichon-Rivière llamaba jugar en conflicto, pero al revés: Argentina no se contagió. Dominó el resto del primer tiempo con el error del capitán a cuestas —Messi estrelló un tiro libre en el palo, Shobeir le sacó remates a quemarropa a Julián Álvarez y un cabezazo a Mac Allister— y no cobró nada. En el segundo tiempo el partido se ensañó: Egipto festejó un contragolpe que el VAR anuló por falta previa, y a los 67 repitió la jugada, esta vez válida, con definición de Mostafa Zico. 2-0, veintipico de minutos por jugar, y el campeón del mundo a un paso de irse en octavos, con su capitán de 39 años cargando desde el minuto 21 el rol exacto que Pichon-Rivière describió: el del que se carga la culpa y arrastra con él la cancha interna de todo el equipo. En sus clases, Pichon-Rivière enseñaba que los grupos producen un chivo emisario precisamente para eso — un rol protector del líder, alguien que absorba las culpas y desvíe las críticas—. Lo inusual de esa tarde era que el líder y el chivo eran la misma persona: no había nadie que protegiera a Messi de Messi.

No pasó. Y lo que pasó en cambio tiene nombre en la teoría: rectificación durante la operación misma. Pichon-Rivière insistía en que la estrategia no es un plan fijo, sino algo que se puede corregir en pleno partido, sin salir de la cancha, sin pedir tiempo. A los 79 minutos, Messi —el mismo que llevaba una hora conviviendo con el penal errado— sacó el centro preciso que encontró a Cristian “Cuti” Romero para el 2-1. No fue un gol suyo: fue una asistencia. El jugador que ocupaba el rol de responsable del error pasó, sin pausa, a ocupar el rol de generador. Cuatro minutos después, a los 83, tras una serie de rebotes dentro del área, el propio Messi conectó la volea de zurda del empate. El mismo hombre, en el lapso de un cuarto de hora, fue el que había fallado, el que asistió y el que igualó. Tres roles distintos, en el mismo cuerpo, sin esperar turno.

El tercero lo puso Enzo Fernández en tiempo de descuento, de cabeza, tras un centro de Lautaro Martínez que nació de una recuperación en campo rival. Y todavía quedaba un rol por cubrir: instantes después del gol, con Egipto lanzado, Leandro Paredes quedó como último hombre ante el avance de Omar Marmoush y cortó con lo justo. El liderazgo cambió de manos exactamente cuando la tarea lo pidió —el defensor que aparece de nueve, el diez que asiste, el volante que defiende como líbero— y nadie lo retuvo más de lo necesario. Es la definición de cooperación que Pichon-Rivière proponía para el fútbol: la asunción de roles complementarios en función de una tarea, donde el gol nunca es un producto individual. Siempre es un producto del grupo.

Esa noche, ya con la clasificación asegurada, Messi explicó lo que había sentido después de errar el penal con una idea que a Pichon-Rivière le hubiera gustado: dijo que si lo convertía, la dinámica del partido habría sido otra, porque el equipo ya venía jugando bien más allá del resultado. No habló de suerte. Habló, sin saberlo, en el idioma exacto de la cancha interna. Sus compañeros funcionaron igual, sin necesidad de teoría. Paredes contó después el abrazo grupal apenas Messi se quebró en llanto: no le dijeron mucho, dijo, “jugamos para que ese último partido de él no llegue nunca”. Esa frase merece que la teoría se detenga, porque condensa dos ideas que suelen presentarse como rivales. Freud pensó los grupos con el modelo del ejército: el líder ocupa el Ideal del Yo de cada integrante, y es esa identificación compartida la que liga a la masa y la eleva — es la explicación clásica de algo que cualquier hincha intuye sin haber leído una página: que al lado de Messi todos juegan un punto por encima de su propio promedio, porque cada uno carga adentro al ídolo mirándolo. Pichon-Rivière, que venía de Freud, diseñó sus grupos operativos exactamente al revés, con el modelo del grupo comando: ahí el liderazgo no lo ejerce una persona sino la tarea — el objetivo común es el que señala el rumbo, el rol de líder rota, y si el que lo encarna cae, otro tiene que poder reemplazarlo. Lo que dice la frase de Paredes es que esa noche las dos cosas se fundieron en una: el grupo tomó a su líder caído y lo convirtió en su tarea. “Que ese partido no llegue nunca” no es una orden de nadie: es un objetivo que lideró al equipo entero mientras su capitán no podía liderar nada. Sostener a quien no puede sostenerse solo también es un rol, y alguien lo asumió.

Terminado el partido, mientras todos saltaban, Messi se quedó un momento aparte, tocándose la cara, como si necesitara confirmar que estaba despierto. Ahí, en ese costado del campo, sin que ninguna cámara táctica lo estuviera dibujando, se jugaba la última parte del partido: la que no entra en la planilla, pero es la que un equipo entero — y, si se quiere estirar la teoría un poco más, un país entero mirando desde el otro lado de la pantalla — también terminó ganando.

La entrevista de Pichon-Rivière sobre el fútbol está recogida en Psicología de la vida cotidiana (Nueva Visión).

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