En 1928, Freud escribió un ensayo que se llama Dostoievski y el parricidio. Por el título uno esperaría que hablara del crimen y de la culpa. Y habla de eso. Pero en el medio se detiene, largo, en algo que parece menor y no lo es: el juego. Dostoievski era jugador, y Freud, para entenderlo, hace algo curioso: lee al lado del jugador real a un jugador de ficción, el de una novela de Stefan Zweig. Los pone en la misma página. El escritor que jugaba, el narrador que lo miró, el analista que los pensó juntos.
Dostoievski no escribió El jugador por inspiración: lo escribió acorralado. Había firmado con un editor un contrato leonino —si no entregaba una novela antes de una fecha, perdía durante años los derechos sobre toda su obra—, le quedaban menos de cuatro semanas, y se lo dictó en poco más de veinte días a una estenógrafa joven con la que después se casó. Un ludópata, endeudado por el juego, escribiendo contra reloj sobre la ludopatía para pagar deudas de juego. Y lo que Freud observa de su conducta es lo decisivo: Dostoievski no jugaba para ganar. Jugaba hasta perderlo todo, y recién ahí, arruinado y lleno de culpa, encontraba una calma. La pérdida no era el accidente. Era el punto. El juego como autocastigo.
Pero el corazón de todo esto no está en una tesis: está en una escena. La escribió Zweig, y es de las mejores que dio la literatura sobre el juego. En Veinticuatro horas en la vida de una mujer, una viuda respetable cuenta cómo, en el casino de Mónaco, quedó hipnotizada. No por la cara de un jugador. Por sus manos. Cuenta que había aprendido a leer a los jugadores por las manos, nunca por la cara: la cara se compone, se disimula, miente; las manos no saben.
Y entonces describe esas manos. Dos manos que viven solas, separadas del hombre, que se buscan y se aprietan entre sí como dos animales, que crujen, que se tensan en el filo de la jugada, y que cuando el croupier canta el número se desploman de golpe, como dos bestias abatidas por el mismo tiro. La mujer no puede dejar de mirarlas. Y nosotros, leyéndola, entendemos algo sin que nadie lo explique: que la pasión del juego no está en el cálculo ni en la cara de póker. Está más abajo, en el cuerpo, en la mano que apuesta antes de que el sujeto termine de pensar. La mano es el síntoma. Dice lo que la voluntad tapa. Y eso —una fuerza que empuja el cuerpo contra el propio interés— no es deseo. Es pulsión.
Conviene no perder la distinción, porque es fina. El deseo empuja a buscar algo, y cuando lo encuentra, descansa. La compulsión no busca nada: empuja a repetir lo mismo, aunque repetir duela, aunque repetir arruine. El deseo es del lado de la vida; la repetición que no afloja, del lado de la pulsión de muerte. El jugador compulsivo no persigue un premio. Repite una escena de pérdida, y la mano la repite por él.
Por eso el casino no necesita que ganes. Tampoco que pierdas una vez. Necesita que vuelvas. Y el que está jugado —no el que juega de vez en cuando, el que está jugado— vuelve no a pesar de perder, sino porque pierde. La pérdida lo llama. “No va más”, dice el croupier, y cierra la mesa. Pero la mano ya se movió, ya apostó, ya dijo lo que su dueño no sabe decir de otro modo. Las manos saben antes que él.